El mensaje universal y misionero de las fiestas pascuales es evidente: Pascua es el paso del hombre-Dios de la muerte a la vida; es el anuncio de un Dios que muere en cruz y que resucita, para que todos los pueblos tengan vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Pascua es la clave de lectura del misterio más dramático y sublime: el misterio de la muerte y de la vida.

Creer en el Resucitado
exige comprometerse por el hombre

Hechos 10,34.37-43; Salmo 117; Colosenses 3,1-4; Juan 20,1-9

Reflexiones
El mensaje universal y misionero de las fiestas pascuales es evidente: Pascua es el paso del hombre-Dios de la muerte a la vida; es el anuncio de un Dios que muere en cruz y que resucita, para que todos los pueblos tengan vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Pascua es la clave de lectura del misterio más dramático y sublime: el misterio de la muerte y de la vida. La aventura del Dios-en-carne-humana culmina sobre el Calvario y encuentra luz en el sepulcro vacío: ¡porque Cristo ha resucitado! Una vida nueva ha comenzado en Él; una nueva manera de vivir, de esperar y amar ha comenzado también para todos los que creen en Él. Desde entonces, comenzó un nuevo modo de relacionarse: con Dios, entre los seres humanos, con el cosmos, con las fuerzas del bien y las del mal. Nuevas relaciones, nuevo estilo de vida, nuevas certezas, nuevos métodos y estrategias. El mundo no puede ser el mismo, como si Cristo no hubiera resucitado. ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Qué puede, más aún, debe cambiar? ¿Y quién va a ser el artífice de tales transformaciones? ¿Con qué fuerzas? ¿Sobre qué bases? ¿Con qué criterios? Todas estas preguntas tienen una sola respuesta: ¡una vida mejor es posible para el que cree en Cristo, muerto y resucitado!

De la experiencia de vida nueva en Cristo nace también el compromiso misionero del anuncio y del compartir. La misión universal a todos los pueblos nace de la Pascua. En efecto, Jesús hace el envío de los apóstoles a las gentes y al mundo entero, durante sus apariciones después de la resurrección: Mt 28, Mc 16, Lc 24, Gv 20. (*) De la gozosa experiencia de adhesión al Resucitado nace el servicio gozoso a los hermanos; nace y se fortalece la entrega a la Misión. Creer en la resurrección de Cristo conlleva comprometerse por la resurrección del hombre. Me ha impactado releer en estos días el diálogo entre dos eminentes cristianos de nuestro tiempo, el patriarca Atenágoras y Olivier Clément, ambos comprometidos en los frentes de la fraternidad y del ecumenismo, en diálogo sobre el sentido y las consecuencias de la fe en la resurrección de Jesús, para la vida del mundo y para la Misión de la Iglesia. La siguiente página recoge algunas notas de esos intensos diálogos.

«- Los grandes problemas, los problemas trágicos que la humanidad de hoy debe afrontar, ¿cómo relacionarlos con el milagro de la resurrección?

- Una tercera parte de la humanidad tiene hambre. Al hambre de los cuerpos se une el hambre de las almas: dos terceras partes de la población del globo no han aprendido todavía a conocer el nombre de Cristo. En los países que se dicen cristianos, impera una inmensa divergencia entre el Evangelio, por un lado, el modo de vivir de los cristianos por el otro, y además hay los opuestos avances y tendencias de la sociedad. ¿Cómo relacionar todo esto con la resurrección? ¡Esto es evidente! Los que se dicen cristianos no viven la resurrección, no son personas resucitadas. Han perdido el Espíritu del Evangelio. Han hecho de la Iglesia una máquina, de la teología una pseudo-ciencia, del cristianismo una moral vaga. Volvamos a encontrar y a revivir la teología ardiente de San Pablo: «Al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros, que fuimos bautizados en Él, vivamos una vida nueva» (cfr. Rm 6,4). Si los que creen en el Resucitado llevan en sí mismos esta energía de vida, entonces se podrán hallar soluciones a los problemas que angustian hoy a los hombres...

Se trata, en primer lugar, de formar al hombre interior, hacerlo capaz de una adoración creadora. Se necesitan personas que hagan la experiencia, en el Espíritu Santo, de la resurrección de Cristo en cuanto luz del cosmos y sentido de la historia. De esa fuerza interior brotará un impulso que dará sentido a los valores humanitarios, a los grandes proyectos sociales... Aquí está todo: inaugurar en sí mismos una vida nueva, vestir el alma con un traje de fiesta. Entonces tendremos las manos llenas de dones fraternos para quienes sufren el hambre en el cuerpo o en el alma».

«- Pero, ¿dónde encontrar al Resucitado, a fin de entrar en comunión con Él, para que ríos de agua viva broten de nosotros, como dice el Evangelio?

- Cristo está en todas partes. Desde la resurrección en adelante, toda la historia humana se desarrolla en Él, lo busca, lo celebra, lo combate, lo niega, lo vuelve a encontrar. Su presencia secreta, la revelación que nos trae, se han convertido en el fermento de toda la existencia humana. ¿Recuerdan el cap. 25 de Mateo?: “Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer... Cada vez que lo han hecho a uno de estos mis hermanos pequeños, a mí me lo hicieron”. Comentando este pasaje, san Juan Crisóstomo nos dice que el pobre es el sacramento de Cristo, que Cristo se encarna en el pobre. Cristo está presente cada vez que se realiza un verdadero encuentro, cada vez que se manifiesta un poco de amor, cada vez que se alcanza con desinterés la justicia o la verdad, cada vez que la belleza dilata el corazón del hombre».

(ATENÁGORAS, patriarca de Constantinopla, en O. Clément

Diálogos con Atenágoras, Brescia 1995, pp. 151-155

Palabra del Papa

(*) «Galilea era la región más alejada de Jerusalén, el lugar donde se encontraban en ese momento. Y no solo geográficamente: Galilea era el sitio más distante de la sacralidad de la Ciudad santa. Era una zona poblada por gentes distintas que practicaban varios cultos, era la «Galilea de los gentiles» (Mt 4,15). Jesús los envió allí, les pidió que comenzaran de nuevo desde allí. ¿Qué nos dice esto? Que el anuncio de la esperanza no se tiene que confinar en nuestros recintos sagrados, sino que hay que llevarlo a todos. Porque todos necesitan ser reconfortados y, si no lo hacemos nosotros, que hemos palpado con nuestras manos «el Verbo de la vida» (1 Jn 1,1), ¿quién lo hará? Qué hermoso es ser cristianos que consuelan, que llevan las cargas de los demás, que animan, que son mensajeros de vida en tiempos de muerte. Llevemos el canto de la vida a cada Galilea, a cada región de esa humanidad a la que pertenecemos y que nos pertenece, porque todos somos hermanos y hermanas».
Papa Francisco
Homilía en Vigilia pascual, 11-4-2020

P. Romeo Ballan, MCCJ

La piedra removida

Un comentario a Jn 20, 1-9

Estamos en el último capítulo de Juan -si tenemos en cuenta que el 21 es considerado un añadido-. Aquí el evangelista nos transmite la experiencia de los primeros discípulos que pasaron de la decepción al compromiso, de la desunión a la comunión, del viejo Israel a la nueva comunidad de creyentes. Lo hace usando, como siempre, expresiones de gran resonancia simbólica, entre las que me permito resaltar algunas:

1. “El primer día de la semana”

Terminada la creación (“todo está cumplido”, dice Jesús en la cruz), comienza el nuevo ciclo de la historia, el de la nueva creación. Jesús vino para hacerlo todo nuevo, superando la experiencias negativas. Él es el testigo de que Dios es siempre nuevo, de que es posible comenzar en nuestra vida un camino nuevo. Claro que, para que se produzca una nueva creación, es necesario saber morir a la vieja creación; hay que saber afrontar la muerte de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo. Tenemos que dejar de ponernos a nosotros mismos en el centro de todo: “Si el grano de trigo no muere, se queda solo; pero si muere, da fruto en abundancia”.

2. “Por la mañana temprano, todavía en tinieblas”

La Magdalena va al sepulcro buscando a Jesús, no en la vida, sino en la muerte, sin darse cuenta de que el día ya clarea. María cree que la muerte ha triunfado”; por eso su fe está todavía en la penumbra. Ya clarea, ya hay nueva esperanza, pero no se ha abierto camino en el corazón y en la conciencia de aquella mujer que nos representa a todos.

Cuántas veces nosotros vivimos en el claroscuro, sin saber reconocer los nuevos signos de esperanza que Dios nos regala en nuestra historia personal o comunitaria.

3. El sudario, los lienzos, la losa y el sepulcro

Se trata de cuatro objetos que, de por sí, nos hablan de un muerto y así lo entiende la Magdalena y los discípulos. El texto, sin embargo, nos habla de que la losa está removida, el sudario apartado, los lienzos ordenados y el sepulcro vacío. Ni la losa retiene al muerto, ni el sudario o los lienzos lo mantienen atado. La muerte ha perdido a su presa, aunque la Magdalena no acabe de verlo. A este respecto comenta Anselm Grün:

“La primera señal de la Resurrección es la piedra que ha sido retirada del sepulcro. La piedra que preserva del sepulcro es el símbolo de las muchas piedras que están sobre nosotros. Yace precisamente una piedra sobre nosotros allí donde algo quiere brotar en nuestra vida y nos estorba en la vida. E impide que nuestras nociones de la vida, que en cada momento emergen, lleguen a ser realidad. Nos bloquea, nos impide levantarnos, salir de nosotros, dirigirnos a los demás… Cuando una piedra yace sobre nuestra tumba, nos pudrimos y nos descomponemos dentro…”(p.98)

4. Los discípulos recuperan la unidad

Los dos discípulos corren separados, como nos pasa cuando perdemos la fe y la esperanza.  Cuando las cosas no van bien, la gente se divide y se dispersa. El desánimo se acumula y reina el “sálvese quien pueda”. Pero después recuperan la unidad, una vez más atraídos por el recuerdo y la búsqueda de Jesús.

El discípulo amado (el que había estado con Jesús en la cruz) cede la primacía al que lo había traicionado). El discípulo fiel ayudará al compañero, pero sin recriminaciones, simplemente corriendo más que él. Buen ejemplo para nosotros: a los compañeros no se les recrimina ni se les pretende forzar a la fidelidad; simplemente hay que correr más y, al mismo tiempo, saber esperar.

La experiencia de los discípulos nos recuerda que Jesús vive, que su presencia se hace notar entre nosotros de muchas maneras y que, abiertos a esta presencia, también nosotros podemos salir de nuestros sepulcros, recuperar la esperanza, vivir el amor y triunfar sobre la muerte, la oscuridad y el caos. La muerte no tiene la última palabra. La vida, sí.

P. Antonio Villarino, MCCJ

Domingo de Pascua
Juan 20,1-9 

 

CREER EN EL RESUCITADO

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

José Antonio Pagola
https://www.feadulta.com

NI DIOS, NI CRISTO, NI RESURRECCIÓN

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

Los relatos de los próximos días de Pascua nos ayudarán a alcanzar la tercera postura.

Las dos primeras lecturas

En ella se mueven las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) que afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Hay algo que une estas dos lecturas tan dispares:

a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);

b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

José Luís Sicre
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